“YA PO’ TÍA, QUEREMOS ENTRAR”: El Último Martes del mes en el Centro de Cumplimiento Penitenciario de Arica. Norte de Chile.

El sol pega como siempre en el norte, pero no es un día común y corriente. El movimiento en la oficina del programa Abriendo Caminos de CORFAL(1) -como es costumbre- comenzó temprano, aunque desde las 11:00 am toma otro rumbo.

Hoy los profesionales no visitarán las casas de los niños y niñas, tampoco se reunirán con sus madres, abuela o cuidadores, las reuniones de redes se suspenden y las planificaciones quedarán para mañana. Este día tienen otros compromisos, que requiere toda su dedicación.

Los sándwich están listos, se prepararon en una gran mesa en la sala de reuniones y se envolvieron en servilletas, cada uno acompañado de una caja de jugo individual. Se ordenó la comida en 5 bolsas distintas, ya que 5 grupos saldrán esta tarde. Se respira un aire diferente en la oficina, se ven ansiosos, alegres, quizá porque saben que lo que ocurrirá hoy es especial.

Son un poco más de las 12:00 y los miembros del equipo comienzan a correr por las oficinas, se ríen fuerte, conversan y se dan instrucciones de último minuto, alguien comenta que se le quedó algo justo cuando iba a salir y regresa a su oficina, todos ríen. Ya se leen, se entienden sin hablar y cada uno sabe qué hacer, cuál es su lugar.

Los listados de niños y niñas que deberán recoger en sus casas están impresos en las carpetas que cargan y la ruta que debe seguir el conductor del minibús está más que aprendida. Antes salían en un bus de gran capacidad (45 personas), pero se consideró que eran muchas vueltas las que debían dar los niños y niñas antes de llegar a destino, así que se optó por contratar 5 minibuses (15 personas), para dividirse el territorio y acortar la espera, que a esa altura del mes es difícil de contener.

Se despiden rápido y comienzan a salir de la oficina, primero los que tienen las rutas más lejanas, el minibús que tuvo más cancelaciones y que deberá ir a buscar a solo 4 niños puede esperar un poco más, será el último en salir de la oficina. Todos saben que la idea es llegar un poco antes de la hora de ingreso (14:00) al destino ubicado a 12 kilómetros de la ciudad.

El trayecto en el minibús es conocido, son casas que se visitan regularmente,  así que se sabe el camino más corto para llegar. Hoy el tiempo es importante, hay que ser puntual, cualquier atajo es bienvenido.

Después de unos minutos de trayecto se ve a lo lejos la primera casa y al acercarnos se nota que la reja no está cerrada. Felipe espera en la puerta y asoma una mano con dos cédulas de identidad. Se acerca el minibús y le grita a su hermano: “Camilo, ¡Llegaron!”. Ambos corren a subirse.

Se baja la profesional del equipo y los saluda con afecto. Habla con la abuela que saluda desde dentro de la casa, sin salir. Los niños suben rápidamente al minibús y señalan que se quieren ir en la primera fila. Son los primeros, así que pueden elegir donde sentarse sin problema.

Ya arriba del minibús, Felipe de 8 años se sienta a mirar por la ventana, va silencioso, parece no tener ganas de hablar. Camilo de 5 años, se mueve inquieto, se ríe y habla. Nos cuenta que cuando vea a su papá le pedirá dinero para comprar zapatillas nuevas, ya que las que tiene se están rompieron. Nos muestras sus pequeños pies, con las zapatillas con agujeros por donde asoman sus dedos que también hablan. Felipe sigue en la ventana sin interactuar, mientras hace sonar unas bolitas de vidrio en su mano. Una cae al suelo, y sin mirar a nadie en particular dice que son para jugar con su papá. Tras recogerla las pone en una pequeña bolsa plástica en la que lleva un poleron, es lo único material que carga esa tarde.

Así continúa el trayecto, se recogerán a otros niños y niñas, quienes se sentarán en sus respectivos puestos, sin interactuar mucho entre ellos. En general, el viaje es silencioso.

Al llegar, se ve un grupo de niños y niñas que corren, ya habían llegado dos minibuses. Todos bajan rápidamente y se reúnen en el mismo lugar, en la entrada a un costado de donde pasan los familiares a las visitas regulares. Cada miembro del equipo tiene su lista de asistencia firmada con las cédulas de identidad del grupo de niños y niñas que pasaron a buscar en sus casas.

Algunos niños y niñas ya se conocen y comienzan a hablar, pues se ven una vez al mes en el mismo lugar. Bajan de los minibuses con bolsas de comida o cosas que les enviaron para sus familiares. Corren, gritan, juegan, se ríe, se ven ansiosos y con ganas de entrar. Entre el ruido se escucha fuerte “ya po’ tía, queremos entrar”, pero aún no son las 14:00 y falta que llegue un minibús más. El primero llegó con 8 niños/as, el segundo con 9, el tercero con 4, el cuarto con 9 y el último 11. En total 41 niños y niñas esperan poder ingresar. Un niño se acerca nervioso y dice “Tía si mi papá no sale, lo tiene que ir a buscar”, la profesional le sonríe y en silencio lo abraza con afecto.

Llegó el momento de ingresar y todos ordenados comienzan a caminar, será un trayecto largo el que deberán recorrer, pero ya lo conocen bien, saben que hacer y ante cualquier duda guardan silencio y buscan respuestas en el equipo de profesionales que avanza con ellos/as, se saben acompañados en ese tránsito.

La primera revisión es en una pieza oscura donde hay un grupo de hombres al lado de la máquina de rayos x, nadie habla, dejan sus bolsos y ordenadamente siguen caminando para dirigirse al segundo control. Ahora es un espacio abierto con rejas altas que delimitan el lugar, pero dejan ver el entorno. En un pasillo angosto los espera 3 hombres, uno carga un listado que le entregaron un día antes con los nombres de niños y niñas que ingresaría. Ya están los 41 niños/as en el mismo lugar, uno de los hombres comienza a gritar los nombre y así ingresan ordenadamente por el pasillo que los dirige a un nuevo espacio. Algunos se distraen y no escuchan sus nombres, hay niños pequeños, se les debe repetir para que puedan escuchar. El tercer control, es en una pieza donde hay una mesa en la que deben dejar sus cosas. Dos hombres revisan en detalle las cosas que traen los niños y niñas, abren los paquetes y las cajas para ver que hay dentro. En el trayecto nunca hubo saludos de bienvenida, no se les miro a los ojos, no se les dirigió directamente la palabra. No es un trato cercano, tampoco amable, en ocasiones hasta un poco violento, pero no hay tiempo de reclamar, todos ingresar rápidamente, quizá ya saben que así es y no les extraña o simplemente saben quién tiene “el poder” y es mejor no molestar.

Una vez adentro, los espera una mujer que los acompañará al lugar donde se desarrollará la actividad, les indica el patio donde deben dirigirse. Un niño reclama que no le gusta ese lugar, que era mejor el otro donde había pasto. Pero ya está definido, no se cambiará y todos siguen caminando sin parar. Ahora caminan más rápido, se ven ansiosos, llevan en sus manos cartas, dibujos o bolsas, son regalos para sus familiares.

Al llegar al lugar indicado las rejas no esconden que no hay nadie, no han llegado los adultos aún. Los niños y niñas ingresan, pero se agrupan en la entrada del patio, nadie se mueve mucho, saben por dónde llegarán. Miran buscando ansiosos entre las personas que pasan alguna cara conocida. De repente se escucha “mi mamá, mi mamá” y por otro lado “ahí viene mi mamá”. De a poco comienzan a llegar, algunos vienen con carros y sobre estos mesas, sillas, bolsas, cajas, todos traen algo.

Cuando están cerca, esperando para entrar y aún una reja los separa, se besan a través de ella, se sonríen, se hablan, se gritan. ¡Te amo! que se escucha una y muchas veces. Es imposible no emocionarse en ese momento, donde se sienten fuertes los abrazos, los besos, los cariños, esos que tardan un mes en llegar.

Una vez cruzada la última barrera se abrazan, besan, no se quieren despegar. Un niño pequeño se limpia las lágrimas de la cara cuando al fin ve a su papá, quien tardó un poco más que los demás en llegar. Otro niño llora apoyado en un poste, mientras su hermano dice que amaneció así, que ha estado todo el día enojado.

Los adultos que llegan son sus padres, madres, abuelos, hermanos, y se agrupan por familias, cada uno escoge un lugar en el patio, lejos de la entrada y se acomodan. Ponen mesas, sillas, manteles y comienzan a arreglar el lugar. Cada espacio es especial, fue arreglado con mucho amor, para hacerlos sentir bien, cómodos, como intentando olvidar –aunque sea por un rato- dónde están, suspender el tiempo e imaginar que es un espacio solo para ellos, donde por fin están juntos otra vez.

Todos tienen algo para comer sobre sus mesas, bebidas, galletas, papas fritas, queques, e incluso compran helados en un kiosko que está en ese patio. Todos comerán algo, hablaran, se abrazarán sin parar y jugaran lo que más puedan. Una mamá peina a sus hijas mientras hablan del colegio, unos se ríen, juegan a la pelota, otros simplemente se abrazan. Se organizan paseos en un carro de supermercado, se suben de a 3, se ríen fuerte, corren y se turnan para volver a subir. Siempre se abrazan, como si quisieran hacer caber en esas dos horas las historias, las risas, los juegos y los “te amo” pendientes.

Los profesionales del equipo están lejos, se quedan todos juntos en un rincón, como si quisieran difuminarse con las paredes para no molestar ese pequeño momento de felicidad. Dos gendarmes custodian la entrada desde lejos, no pasean por el lugar del encuentro familiar, parecen tranquilos, no se ven preocupados por la seguridad, hablan y ríen también.

Las visitas en el Centro Penitenciario de Acha son escasas, llegar cuesta en promedio 9.000 pesos ida y vuelta. No todos lo pueden pagar, no todos tienen quien los lleve a ver a sus papás o mamás, así que esta oportunidad es la única del mes. Además el Centro Penal tiene una particularidad especial, hombres y mujeres comparten el mismo recinto, pero se encuentran separados por sectores, lo que permite que mensualmente puedan reunirse en familia. Es decir, no solo es una visita a un papá o mamá, es la posibilidad de visitar a ambos o a un abuelo/a, hermano/a y un tío/a, ya que para esta ocasión pueden reunirse hombres y mujeres en el mismo sector. Una vez al mes pueden tener una reunión familiar y compartir juntos, como no lo han podido hacer hace un tiempo ya.

Cuando ya ha pasado una hora, los profesionales del equipo comienzan a pasar por las mesas, preguntando como están. Es una oportunidad para conversar de los niños y niñas, contarles en que están trabajando en el Programa y que ha pasado en el tiempo que no se vieron.

A las 15:50, se les avisa que está llegando el momento de poner fin al encuentro. Se abrazan como diciendo que no se quieren ir, no se quieren volver a separar. Comienzan lentamente a ordenar los espacios. Se agrupan las familias a la entrada y comienza el momento de la despedida. Primero saldrán niños y niñas, ya que los adultos se deberán quedar a ordenar el lugar y llevarse lo que trajeron. Se abrazan fuerte, se besan mil veces, se dicen te amo.

Son las 16:00 y se escucha ¡niños vamos! ¡vamos! Se comienza a organizar la salida. Mientras comienzan a salir, se escucha: “Pórtate bien Dylan. Dale la mano a tu hermana”, una mamá se acerca a una profesional y le entrega una caja de regalos, es para su hijo que no pudo ir y que se encuentra en un programa de rehabilitación de drogas. La caja dice: te amo Mateo y un mensaje animándolo a salir adelante. Le dice: ¡Tía entrégueselo al Mateo y dígale que lo amo mucho!. En este momento surgen más encargos, les piden a los profesionales que vean a sus hijos/as y en ocasiones les comparten cosas que hablaron en la visita y que los preocupó. Son recados rápidos, que surgen entre la despedida, se ve que hay agradecimiento y respeto mutuo.

Los niños/as se despiden y cada vez que pueden miran para atrás, buscado. A lo lejos sus familiares mirándolos fijamente y haciendo chao con sus manos hasta que se pierden de vista entre rejas y muros.

Ya estamos listo, hay que subirse al minibús de regreso a las casa, todos los niños y niñas saben de qué grupo son. Varios cargan bolsas y cajas con regalos que les han dado sus familiares, galletas, jugos, yogurt, colaciones que les dan en el Centro Penal y que van guardando para regalarselos a sus hijos/as el último martes de cada mes. Algunos niños y niñas se despiden entre ellos, saben que se volverán a encontrar en un mes más.

Al subir al minibús Camilo dice: ¡yo no me voy, me quiero quedar!. Fue un día lindo, la paso bien, le gusto andar en el carro de supermercado y jugar con su papá, abrazar a su mamá, ambos quedan en el Centro Penal, pero él debe regresar a casa con su abuela y su hermano. Fue un día especial ¡si hasta comí atún! dice. Ahí sus pies parecen pegarse al piso y su cuerpo se vuelve rígido. Un miembro del equipo se detiene a ponen su brazo en los hombros delgados de Camilo, como queriendo abrazar su pena y diciendo “ya vamos a volver”. Hay un silencio y miradas de complicidad, saben que el regreso será sólo en un mes más.

El camino a casa vuelve a ser silencioso, todos los niños y niñas en sus propios asientos, hablando bajo sin interactuar mucho entre ellos. Camilo se duerme en el minibús, la tarde fue intensa, hubo muchas emociones, está cansado. Su cuerpo se rindió.

Todos los niños y niñas fueron dejados en el mismo lugar donde se recogieron. Ahora los profesionales se reúnen en la oficina, alistan unos pendientes y se preparan para partir al hogar. Existe agotamiento, posiblemente más emocional que físico, ya mañana habrá tiempo para reunirse y evaluar.

(1) Corporación que trabaja hace 28 años en Arica en la protección y promoción de los derechos de niños, niñas y jóvenes, ejecutando más de 10 programas sociales, entre ellos el Abriendo Caminos, que tiene por objetivo entregar acompañamiento psicosocial a niños, niñas y adolescentes con familiares privados de libertad.

(2) Relato construido por Francisca Hidalgo, Directora ONG ENMARCHA, en  el marco de una visita a Arica el año 2016, para constatar esta experiencia como una buena práctica de visita familiar.  

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